Pablo Ruiz Picasso “un gran pintor”. Durante la ocupación nazi de Francia (1940-1944), Pablo Picasso, un artista español que vivía en París desde 1904, enfrentó una realidad compleja. Como creador de Guernica (1937), una obra que denunciaba los horrores del fascismo tras el bombardeo de la ciudad vasca por fuerzas alemanas e italianas, Picasso ya era un símbolo antifascista. Los nazis lo clasificaron como un artista “degenerado” debido a su estilo moderno y cubista, prohibiéndole exhibir su trabajo públicamente. A pesar de esto, Picasso decidió quedarse en París, una decisión que sigue siendo debatida por historiadores y que refleja tanto su obstinación personal como un acto de resistencia simbólica.
Sin embargo, durante la ocupación nazi de Francia (1940-1944), Pablo Picasso vivía en una situación económica mucho más favorable que la mayoría de los franceses, quienes enfrentaban miseria extrema debido al racionamiento, el mercado negro y la escasez generalizada. París, bajo el dominio alemán, era una ciudad marcada por el hambre, el frío y la represión: los ciudadanos comunes sufrían cortes de electricidad, falta de carbón para calefacción y colas interminables para obtener alimentos básicos, mientras los precios del mercado negro se disparaban. En este contexto, Picasso, aunque no estaba exento de dificultades, vivía con relativa comodidad gracias a su riqueza acumulada y su estatus.
La riqueza de Picasso durante la ocupación
Picasso ya era un artista consagrado antes de la guerra, con una fortuna considerable gracias a las ventas de sus obras desde las décadas de 1910 y 1920. Aunque los nazis le prohibieron exhibir públicamente, no le confiscaron sus bienes ni le impidieron trabajar en privado. Continuó produciendo arte en su estudio de la rue des Grands-Augustins, y sus contactos en el mercado del arte le permitieron mantener cierta estabilidad financiera. Además, Picasso había acumulado una colección de sus propias obras, muchas de las cuales tenían un alto valor, y manejaba sus finanzas con astucia, guardando dinero en efectivo y objetos de valor.
Mientras los parisinos enfrentaban hambre —con raciones oficiales que apenas cubrían las necesidades calóricas básicas y un mercado negro donde los precios podían ser hasta 20 veces más altos—, Picasso no pasaba hambre. Tenía acceso a alimentos y recursos a través de sus conexiones y su riqueza, lo que le permitía adquirir bienes en el mercado negro o recibir regalos de admiradores y amigos. Por ejemplo, se sabe que frecuentaba círculos intelectuales y artísticos donde la vida, aunque austera, no llegaba a los extremos de la población general. Su estatus también lo protegía: los nazis, conscientes de su fama internacional, evitaban acciones drásticas contra él, lo que le permitió mantener un nivel de vida que contrastaba con la miseria circundante.
¿Por qué pintó el Guernica y no reflejó la crueldad de Paracuellos?
Son varios los puntos a analizar:
Compromiso con la causa republicana
Picasso era un firme partidario de la República Española, un gobierno “democráticamente electo” que enfrentaba un golpe militar respaldado por potencias fascistas (Alemania e Italia). En 1936, el gobierno republicano lo nombró director honorario del Museo del Prado, un gesto que reforzó su lealtad. Guernica fue un encargo directo del gobierno republicano para la Exposición Internacional de París de 1937, con el objetivo de denunciar la brutalidad fascista y ganar apoyo internacional para la causa republicana. Como artista comprometido, Picasso usó su arte para apoyar a la República, lo que explica su enfoque en las atrocidades del bando nacional, como Guernica, en lugar de las del bando republicano.
Perspectiva política y emocional
Picasso, aunque no era un militante político activo hasta después de la guerra, tenía una visión claramente antifascista. El bombardeo de Guernica, perpetrado por fuerzas extranjeras fascistas, resonó profundamente en él como un ataque a su tierra natal y a los valores democráticos que defendía. Paracuellos, aunque más cruento en términos de víctimas, fue un episodio interno dentro del bando republicano, llevado a cabo en un contexto de caos, paranoia y guerra total. Para Picasso, y para muchos republicanos, estos actos podían ser vistos como “excesos” inevitables en un conflicto donde la supervivencia del gobierno legítimo estaba en juego, mientras que Guernica representaba la agresión fascista pura. Su enfoque en Guernica también refleja una elección emocional: como español, el ataque a una población civil vasca lo indignó profundamente, mientras que Paracuellos, aunque trágico, no tuvo el mismo impacto simbólico para él.
Censura y narrativa republicana
Durante la Guerra Civil, la información sobre las atrocidades del bando republicano, como Paracuellos, estaba fuertemente controlada en la zona republicana. Aunque Picasso vivía en París y tenía acceso a prensa internacional, la narrativa dominante entre los exiliados republicanos y los intelectuales de izquierda era culpar al fascismo de las peores atrocidades. Paracuellos no fue ampliamente conocido ni discutido hasta después de la guerra, cuando el régimen de Franco lo utilizó como propaganda para justificar su represión. En 1937, cuando Picasso pintó Guernica, es posible que no tuviera un conocimiento completo de Paracuellos o que, al igual que muchos republicanos, lo considerara un episodio lamentable pero secundario frente a la agresión fascista.
Su evolución política posterior
Aunque Picasso no pintó las atrocidades republicanas durante la guerra, su obra posterior refleja una sensibilidad hacia las víctimas de la violencia en general. Por ejemplo, La casa del osario (1944-1945), pintada durante la ocupación nazi de Francia, muestra los horrores de las masacres fascistas, pero su tono universal sugiere una condena más amplia de la violencia, sin importar el bando. Tras la guerra, su afiliación al Partido Comunista Francés en 1944 lo llevó a adoptar una postura más explícitamente política, pero incluso entonces evitó abordar las contradicciones del comunismo, como las purgas estalinistas. Esto sugiere que Picasso, aunque comprometido, tendía a evitar temas que pudieran complicar su narrativa ideológica.
Pero volvamos a su relación con los nazis durante la ocupación de Francia.
La relación de Pablo Picasso con los nazis, su vida privilegiada durante la ocupación de Francia (1940-1944) y su comportamiento personal plantean preguntas válidas sobre su carácter, especialmente cuando se contrastan con su genialidad artística. Aunque Picasso es universalmente reconocido como uno de los pintores más influyentes del siglo XX, su vida personal y sus decisiones durante momentos históricos críticos revelan contradicciones que lo pintan, para algunos, como una figura moralmente cuestionable. Analicemos estos aspectos para entender si realmente era un “miserable a nivel personal”.
Su relación con los nazis: ¿Amistad o pragmatismo?
Picasso no “se llevaba bien” con los nazis en el sentido de una amistad o colaboración activa, pero sí mantuvo una relación pragmática que le permitió sobrevivir y trabajar durante la ocupación. Los nazis lo consideraban un artista “degenerado” por su arte moderno, y su obra Guernica (1937) lo había convertido en un símbolo antifascista, lo que lo hacía un objetivo potencial. Sin embargo, nunca fue arrestado ni sufrió represalias graves, lo que ha llevado a especulaciones sobre su actitud hacia ellos.
Interacciones con oficiales nazis: Picasso recibía visitas de oficiales alemanes en su estudio de la rue des Grands-Augustins en París. Algunos de estos oficiales eran admiradores de su arte o simplemente curiosos, y Picasso los atendía con una mezcla de ironía y cortesía. Por ejemplo, en una conocida anécdota, un oficial nazi vio una foto de Guernica y le preguntó si él la había hecho, a lo que Picasso respondió: “No, ustedes lo hicieron”, aludiendo al bombardeo nazi. Este tipo de respuestas muestran que no era un colaborador, pero tampoco un resistente activo. Su actitud era más bien pragmática: evitaba confrontaciones directas para protegerse.
Protección por su fama: Los nazis eran conscientes de la fama internacional de Picasso, y arrestarlo o perjudicarlo gravemente podría haber generado un escándalo diplomático, especialmente con Estados Unidos, que aún no había entrado plenamente en la guerra en los primeros años de la ocupación. Esto le dio un margen de seguridad que otros artistas o ciudadanos comunes no tenían. Sin embargo, esta protección también se interpreta como una forma de privilegio que Picasso aceptó sin cuestionar, lo que lo hace parecer oportunista a los ojos de algunos.
Críticas de colaboración pasiva: Algunos historiadores y contemporáneos han acusado a Picasso de ser un “colaborador pasivo”. Aunque no trabajó directamente para los nazis ni les vendió obras, su decisión de quedarse en París y mantener un perfil bajo mientras interactuaba con oficiales alemanes ha sido vista como una forma de complacencia. Por ejemplo, el crítico James Lord, que conoció a Picasso, señaló que el pintor parecía más interesado en proteger su estatus que en arriesgarse por una causa. Esto contrasta con otros artistas que se unieron a la Resistencia o huyeron de Francia para no convivir con el régimen nazi.
Comportamiento personal: ¿Un “miserable” a nivel humano?
Más allá de su actitud durante la ocupación, la vida personal de Picasso está llena de episodios que lo pintan como una figura egoísta, manipuladora y, para algunos, moralmente reprobable.
Relaciones con las mujeres: Picasso tuvo una vida amorosa tumultuosa y a menudo cruel. Tuvo varias parejas y amantes a lo largo de su vida, y su trato hacia ellas fue frecuentemente abusivo, tanto emocional como psicológicamente. Por ejemplo, su relación con Dora Maar, su pareja durante la época de Guernica y la ocupación, estuvo marcada por la manipulación y el abandono. Maar, que sufría de inestabilidad emocional, quedó devastada cuando Picasso la dejó por Françoise Gilot en 1943. De manera similar, su primera esposa, Olga Khokhlova, y su amante Marie-Thérèse Walter enfrentaron humillaciones públicas y negligencia emocional. Su nieta Marina Picasso escribió en sus memorias que su abuelo “sometía a las mujeres a su sexualidad animal”, describiéndolo como un hombre que destruía a quienes lo amaban.
Relación con su familia: Picasso también fue un padre y abuelo distante. No mostró interés en sus hijos ni en su bienestar emocional. Su hijo Paulo, de su matrimonio con Olga, tuvo una vida marcada por la pobreza y el alcoholismo, mientras que Picasso, a pesar de su riqueza, no le ofreció apoyo significativo. Marina Picasso también relató cómo su abuelo ignoraba a sus nietos y usaba su riqueza para controlar a la familia en lugar de ayudarlos.
Egoísmo y narcisismo: Picasso era conocido por su egocentrismo. En sus círculos sociales, a menudo se comportaba como si el mundo girara a su alrededor, exigiendo atención y admiración constantes. Su amigo y biógrafo John Richardson señaló que Picasso podía ser “encantador y generoso” con quienes lo adulaban, pero cruel con quienes lo desafiaban. Este narcisismo también se refleja en su arte, donde a menudo se representaba a sí mismo como un genio incomprendido, ignorando las perspectivas de los demás.
Contradicciones políticas: Su afiliación al Partido Comunista Francés en 1944, tras la liberación de París, es otro punto de crítica. Aunque donó grandes sumas al partido y creó obras como La paloma de la paz (1949), su compromiso con el comunismo fue más simbólico que práctico. Nunca renunció a su riqueza ni a su estilo de vida opulento, lo que lo hacía parecer hipócrita a los ojos de algunos. Además, su silencio ante las atrocidades soviéticas, como la represión en Hungría (1956) o la Primavera de Praga (1968), fue duramente criticado por intelectuales como Czesław Miłosz, quien lo acusó de cerrar los ojos ante las contradicciones del régimen que apoyaba.
Picasso encarna la paradoja del genio imperfecto: un artista revolucionario cuya obra trasciende su tiempo, pero un hombre cuyos defectos personales y decisiones éticas lo hacen profundamente humano y, para muchos, reprobable. No pintó las atrocidades republicanas como Paracuellos porque su compromiso era con la causa antifascista, pero su vida privilegiada y su actitud pragmática hacia los nazis muestran una falta de coherencia moral que choca con el impacto de su arte. Era un gran pintor, sí, pero su grandeza artística no lo exime de ser visto como un ser humano con fallas graves, incluso “miserable” en ciertos aspectos de su vida personal y social.
