La jefa de negociado que “corrigió” a su becaria: Un episodio de ironía en el Ayuntamiento de Madrid

La historia que a continuación contamos es verídica, si bien los nombres no son los reales, sino inventados, pero los hechos ocurrieron en realidad.

En las oficinas del Ayuntamiento de Madrid, donde el tiempo parece moverse a un ritmo diferente, a veces surgen historias que parecen sacadas de una comedia de enredos. Esta es una de ellas: la de Marta Pérez, una jefa de negociado en el Área de Urbanismo, que se convirtió en la protagonista de un episodio que dejó a más de uno con la ceja levantada. Marta, con su aire de autoridad y su escritorio lleno de carpetas perfectamente etiquetadas, decidió corregir a una becaria por algo tan básico como cerrar un archivo de Excel. Pero lo que parecía una lección magistral resultó ser un reflejo de su propia confusión, dejando en evidencia que, a veces, los que más presumen de experiencia son los que menos saben.

El escenario: un día más en la burocracia madrileña

Marta Pérez lleva años como jefa de negociado, un puesto que, según ella, le ha dado “una visión privilegiada” de cómo deben hacerse las cosas. En su departamento, donde se tramitan licencias y permisos, el trabajo con Excel es pan de cada día. Ese día, Marta estaba supervisando a Laura, una becaria de 23 años que había llegado al equipo con ganas de aprender y un conocimiento fresco de herramientas digitales, gracias a su formación en Gestión Administrativa.

Laura estaba trabajando en un archivo de Excel con datos de solicitudes de licencias, una tarea sencilla pero importante. Cuando terminó, siguió el procedimiento que cualquier persona con un mínimo de sentido común usaría: pulsó “Guardar” para asegurarse de que los cambios quedaran registrados y luego seleccionó “Cerrar” para salir de la aplicación. Un proceso lógico, eficiente y, sobre todo, seguro. Pero Marta, que observaba desde su silla con el ceño fruncido, no lo vio así.

La “corrección” que no era tal

“Para, Laura, ¿qué estás haciendo? ¡Eso no se hace así!”, exclamó Marta, levantándose con un dramatismo que parecía más propio de una telenovela que de una oficina municipal. “No tienes que guardar y luego cerrar. Lo que hay que hacer es pulsar directamente la ‘X’ de la ventana, y entonces Excel te pregunta si quieres guardar. ¡Es mucho más rápido y así se hace siempre!”.

Laura, que no esperaba una reacción tan vehemente por algo tan trivial, se quedó perpleja. “Pero… si guardo primero, me aseguro de que no pierdo nada, ¿no? Y luego cierro tranquilamente”, respondió con timidez, intentando entender la lógica de su jefa. Marta, sin embargo, no estaba dispuesta a ceder. “No, no, no. Llevo 20 años trabajando aquí y sé cómo se hacen las cosas. Si pulsas la ‘X’, Excel te avisa y lo haces todo en un solo paso. ¡Es más eficiente!”, insistió, mientras cruzaba los brazos con aire de superioridad.

La ironía: la becaria tenía razón

Lo que Marta no parecía entender —o no quería admitir— es que su “método” no solo no era más eficiente, sino que podía ser un riesgo innecesario. Guardar manualmente antes de cerrar, como hacía Laura, es una práctica recomendada para evitar problemas en caso de que Excel no detecte correctamente los cambios o si hay un fallo inesperado al cerrar. Pulsar directamente la “X” y confiar en que el programa siempre te pregunte si quieres guardar es, en el mejor de los casos, un hábito innecesariamente arriesgado, y en el peor, una receta para perder datos importantes.

Laura, con su formación reciente y su sentido común, lo estaba haciendo bien. Marta, en cambio, parecía atrapada en una visión anticuada de la “eficiencia”, probablemente heredada de los días en que los ordenadores eran más lentos y los programas menos fiables. Pero en 2025, con versiones modernas de Excel que incluyen autoguardado y recuperación de archivos, su insistencia en un método obsoleto era, cuanto menos, irónica.

La reacción del equipo: risas contenidas

El incidente no pasó desapercibido en el departamento. Algunos compañeros, que escucharon la “lección” de Marta, intercambiaron miradas de incredulidad. Una de las técnicas administrativas, que lleva años trabajando con Marta, susurró a otro compañero: “Si esa es su idea de eficiencia, no quiero ni imaginar cómo gestiona los expedientes grandes”. Las risas contenidas se extendieron por la oficina, mientras Laura, con una mezcla de educación y desconcierto, asintió a las instrucciones de su jefa y siguió trabajando.

Para Laura, el episodio fue una lección, pero no la que Marta pretendía darle. Aprendió que, a veces, los superiores no siempre tienen la razón, y que la experiencia no equivale automáticamente a competencia. También se dio cuenta de que, en un entorno como el Ayuntamiento, donde los procesos a menudo están anclados en el pasado, hace falta una dosis de paciencia para lidiar con personajes como Marta.