En la imagen que acompaña este artículo, se muestra una corte de justicia inglesa en la que una de las integrantes lleva un hijab. El problema no radica en si lo lleva o no, ni en dónde lo lleva, ni siquiera en si esto afecta su competencia profesional, sino en cuestiones relacionadas con las costumbres del país donde vive y la reciprocidad con los países de origen.
De entrada, se pueden señalar varios hechos:
- Esta mujer, en cualquier país islámico, no podría ser juez en primer lugar.
- Ninguna mujer occidental, en el país donde vive esta señora, podría desempeñar dicho papel en aquellos países.
- Ni siquiera podría presentarse en esos países musulmanes como lo hacen las mujeres en Occidente, con el pelo al aire o vestidas como deseen.
Partiendo de estas premisas que todas luces, no hace más tolerantes a los países occidentales que parecen serlo, y lejos de tratar de mostrarse más abiertos están poniendo en peligro su propia cultura y sus raíces.
Pero examinemos cual es la tolerancia del uso de esta u otras prendas relacionadas con la religión islámica en los principales países de occidente:
Francia, el país que a través de otros medios lo ha limitado notablemente, consciente o no del hecho anterior.
En Europa, la aceptación o restricción del hijab está profundamente influenciada por el principio de laicidad en algunos países y por el enfoque multicultural en otros. Francia, con la mayor población musulmana de Europa Occidental, es un caso emblemático de restricciones estrictas. Desde 2004, el país prohíbe los símbolos religiosos “ostentosos” en las escuelas públicas, incluyendo el hijab, bajo el argumento de preservar la laïcité (secularismo). En 2010, se amplió esta política con una ley que prohíbe cubrirse el rostro en espacios públicos, afectando principalmente a mujeres que usan niqab o burka, aunque el hijab sigue permitido en la vía pública para adultas. Sin embargo, las madres con hijab no pueden acompañar a sus hijos en actividades escolares, y las menores de 18 años enfrentan propuestas legislativas para restringir su uso en público. Estas medidas han sido criticadas como discriminatorias, pero sus defensores las ven como una defensa de la neutralidad estatal.
Reino Unido, en aras de la tolerancia va acabar con todas sus tradiciones y señas culturales.
En contraste, países como Reino Unido adoptan un enfoque más permisivo. No existe una prohibición nacional del hijab en espacios públicos o educativos, y las mujeres musulmanas pueden usarlo libremente en escuelas, universidades y lugares de trabajo, siempre que cumpla con normas de seguridad o uniformes. Este enfoque refleja la tradición británica de multiculturalismo, aunque no está exento de tensiones sociales o debates sobre integración.
Alemania, el caso intermedio.
Alemania presenta un caso intermedio. Las leyes varían según los estados federales: algunos prohíben el hijab para maestras y funcionarias públicas en nombre de la neutralidad, mientras que otros lo permiten. En 2021, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea dictaminó que las empresas privadas pueden restringir el uso de símbolos religiosos, como el hijab, si justifican una “necesidad genuina” de proyectar una imagen neutral. Esto ha generado críticas por limitar las oportunidades laborales de las mujeres musulmanas.
Países como Bélgica y Austria han implementado prohibiciones parciales.
Bélgica prohíbe cubrirse el rostro en público desde 2011, mientras que Austria restringe el hijab en escuelas primarias desde 2019, argumentando la promoción de la igualdad y la integración.
Portugal, España, Croacia o Grecia (la cobardía de no legislar para proteger las costumbres y usos del propio país).
Naciones como Portugal, España, Croacia o Grecia no tienen restricciones legales significativas, permitiendo el uso del hijab sin mayores controversias.
Estados Unidos: libertad religiosa con matices.
En Estados Unidos, la Primera Enmienda de la Constitución garantiza la libertad religiosa, lo que proporciona una base legal sólida para el uso del hijab. No hay prohibiciones nacionales, y las mujeres musulmanas pueden llevarlo en escuelas, lugares de trabajo y espacios públicos. Sin embargo, esta libertad no está exenta de desafíos. En el ámbito laboral, la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo (EEOC) ha defendido casos de mujeres despedidas o discriminadas por usar hijab, aunque los tribunales a veces fallan a favor de los empleadores si demuestran razones legítimas y no discriminatorias, como políticas de uniformidad.
En contextos específicos, como fotos para licencias de conducir o competiciones deportivas, se han reportado restricciones puntuales, pero estas suelen resolverse a favor de la libertad religiosa tras apelaciones. Por ejemplo, en 2017, la Asociación Internacional de Boxeo Amateur permitió el hijab en competiciones tras años de debate. A nivel social, la tolerancia varía: mientras que en ciudades cosmopolitas como Nueva York el hijab es ampliamente aceptado, en áreas conservadoras puede enfrentar prejuicios, especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, que incrementaron la islamofobia.
Rusia vs la antigua URSS, no hay restricciones, pero…
En Rusia, el uso del hijab no está regulado de manera uniforme a nivel nacional, y las políticas y actitudes hacia este velo varían según las regiones, las circunstancias locales y el contexto político. Rusia es un país diverso con una población musulmana significativa, especialmente en regiones como el Cáucaso Norte (Chechenia, Daguestán, Ingusetia) y el Volga (Tartaristán, Baskortostán), pero también es un estado laico con una fuerte tradición cristiana ortodoxa, lo que genera tensiones en torno a los símbolos religiosos.
En general, no existe una prohibición nacional explícita del hijab en espacios públicos o privados, y las mujeres musulmanas pueden usarlo libremente en la mayoría de los contextos cotidianos. Sin embargo, en los últimos años ha habido debates y medidas específicas que reflejan preocupaciones de seguridad o intentos de limitar expresiones visibles del islam, especialmente asociadas con el extremismo. Por ejemplo, en julio de 2024, la república de Daguestán, de mayoría musulmana, anunció una prohibición temporal del niqab (un velo que cubre el rostro, dejando solo los ojos visibles) tras ataques terroristas en junio de ese año que dejaron más de 20 muertos. Esta medida se justificó como una respuesta a “amenazas de seguridad”, y el muftí local indicó que la prohibición duraría hasta que se estabilizara la situación. Aunque el hijab (que cubre el cabello pero no el rostro) no estuvo incluido en esta restricción, el debate resaltó las tensiones entre libertad religiosa y seguridad estatal.
A nivel nacional, el gobierno ruso no ha impulsado una prohibición general del hijab, y en algunos casos se han dado pasos hacia su aceptación. Por ejemplo, en abril de 2025, posts en plataformas como X mencionaron que Rusia habría permitido oficialmente el uso del hijab en fotos de pasaportes y documentos de identidad, aunque esta información no ha sido confirmada por fuentes oficiales recientes y podría reflejar rumores o cambios locales más que una política federal.
La antigua URSS. Históricamente, durante la era soviética, el uso del velo fue desalentado como parte de la campaña “Hujum” (1927), que buscaba erradicar prácticas consideradas opresivas hacia las mujeres en Asia Central. Sin embargo, tras la caída de la URSS, el islam resurgió en muchas regiones, y el hijab se volvió más visible, especialmente entre las generaciones más jóvenes, como una expresión de identidad cultural o religiosa.
Volvemos a la reciprocidad y percepciones culturales
Un punto recurrente en el debate europeo es la reciprocidad. Algunos argumentan que, mientras las mujeres musulmanas pueden usar hijab en Occidente, las mujeres occidentales no tendrían la misma libertad en ciertos países islámicos donde el velo es obligatorio o donde las normas de vestimenta son estrictas. Por ejemplo, en Arabia Saudí o Irán, las mujeres deben cubrirse el cabello en público, lo que contrasta con la permisividad de Europa o Estados Unidos. Esta disparidad alimenta críticas sobre la tolerancia unilateral y plantea preguntas sobre la integración y los valores compartidos.
Tradición histórica en los países occidentales sobre la vestimenta religiosa y el cubrirse la cabeza
Antigüedad y Edad Media: el velo como norma cultural y religiosa
En las culturas occidentales, especialmente en la Europa grecorromana y medieval, cubrirse la cabeza tenía un significado social y religioso que variaba según el contexto. En la Antigua Grecia y Roma, las mujeres casadas a menudo llevaban velos como signo de modestia y estatus, aunque no era una práctica universal ni estrictamente religiosa. Con la expansión del cristianismo, esta costumbre adquirió un matiz teológico. En el Nuevo Testamento (1 Corintios 11:5-6), San Pablo sugiere que las mujeres deben cubrirse la cabeza al orar o profetizar, lo que llevó a que, durante siglos, el velo o pañuelo fuera común entre las mujeres cristianas en iglesias y actos religiosos. En la Edad Media, esta práctica se consolidó: las mujeres nobles y campesinas usaban tocados, velos o mantillas, tanto por devoción como por normas sociales de decoro.
En países como España, Italia o Francia, las mujeres llevaban mantillas o pañuelos en la cabeza hasta bien entrado el siglo XX, especialmente en contextos religiosos como misas o procesiones. En Inglaterra, las cofias y sombreros eran habituales, aunque más por moda que por mandato religioso estricto. Esta tradición de cubrirse la cabeza no era equivalente al hijab moderno, ya que no estaba vinculada a una obligación religiosa perpetua ni a una identidad cultural específica, pero refleja una raíz histórica de aceptación del velo como símbolo de virtud o piedad.
Renacimiento y modernidad: secularización y declive del velo
A partir del Renacimiento y, sobre todo, con la Ilustración en los siglos XVII y XVIII, las sociedades occidentales comenzaron a secularizarse. La influencia de la Iglesia sobre la vida cotidiana disminuyó, y las normas de vestimenta se volvieron más individuales y menos dictadas por la religión. El uso de velos y tocados se mantuvo en contextos formales o litúrgicos, pero perdió su carácter obligatorio. En el siglo XIX, con la Revolución Industrial y el auge de la moda moderna, los sombreros reemplazaron en gran medida a los velos como accesorios, desvinculándose de la modestia religiosa para convertirse en símbolos de estatus o estilo.
En el siglo XX, especialmente tras las guerras mundiales y los movimientos feministas, cubrirse la cabeza quedó relegado a prácticas minoritarias o tradicionales. En la Iglesia Católica, por ejemplo, el uso de mantillas en misa dejó de ser obligatorio tras el Concilio Vaticano II (1962-1965). En paralelo, la creciente separación entre Iglesia y Estado en países como Francia (con la ley de laicidad de 1905) o Estados Unidos (con la Primera Enmienda) consolidó un marco legal que priorizaba la neutralidad religiosa en el espacio público, sentando las bases para futuros debates sobre símbolos como el hijab.
La llegada del hijab y su contraste con la tradición occidental
El hijab como práctica islámica comenzó a ser visible en Occidente a partir del siglo XX, con la inmigración desde países musulmanes tras la descolonización y los conflictos en Oriente Medio. A diferencia de los velos cristianos históricos, que eran contextuales y se desvanecieron con la secularización, el hijab llegó como un símbolo permanente de identidad religiosa y cultural, lo que generó tensiones en sociedades ya desacostumbradas a las expresiones religiosas visibles.
En Europa, países con fuerte tradición laica, como Francia, vieron el hijab como una ruptura con su historia de secularización, lo que llevó a restricciones como la ley de 2004 que prohíbe símbolos religiosos en escuelas públicas. En Reino Unido, con una tradición de tolerancia multicultural influenciada por su pasado imperial, el hijab se integró más fácilmente, aunque no sin controversias. En Estados Unidos, la tradición de libertad religiosa, arraigada en los valores de los fundadores puritanos y la Constitución, ha permitido su uso, aunque con fricciones sociales tras eventos como el 11-S.
Reflexión histórica y cultural
Históricamente, los países occidentales no son ajenos al concepto de cubrirse la cabeza por motivos religiosos o sociales, pero la secularización y la modernidad transformaron esas prácticas en algo opcional o anticuado. La llegada del hijab, por tanto, no choca con una ausencia total de tradición de velos, sino con una evolución cultural que privilegia la neutralidad o la libertad individual sobre la exhibición religiosa. Esto explica por qué su tolerancia varía: en lugares donde la tradición secular es dominante (como Francia), se percibe como una amenaza a la identidad histórica; en otros, con legados más plurales (como Reino Unido o Estados Unidos), se ve como una extensión de la libertad personal.
¿Por qué la población musulmana se agrupa en barrios dónde suelen regir sus costumbres, incluso sobre las leyes del país donde viven?
Vamos a analizar los países donde este hecho es más acusado, aunque es una constante que vemos en casi todos las poblaciones de los países occidentales donde existe población musulmana.
Francia
Francia tiene una de las mayores poblaciones musulmanas de Europa, estimada en alrededor de 6 millones (aproximadamente el 9% de la población). Los musulmanes, muchos de origen magrebí, tienden a concentrarse en suburbios urbanos conocidos como banlieues, especialmente en París (Seine-Saint-Denis), Marsella y Lyon. Ejemplos notables incluyen Trappes, Clichy-sous-Bois y Saint-Denis.
Informes de la Dirección General de Seguridad Interior (DGSI) han identificado alrededor de 150 distritos con presencia de fundamentalismo islámico. Existen las llamadas “zonas sensibles urbanas” (ZUS) o “no-go zones” donde la policía francesa entra con refuerzos debido a problemas de delincuencia.
Bélgica
Con una población musulmana de aproximadamente 7-8% (unas 800,000 personas), los musulmanes se concentran en Bruselas (donde son casi el 40% en barrios como Molenbeek y Anderlecht), Amberes y Lieja. La mayoría son de origen marroquí o turco.
Barrios como Molenbeek han sido señalados por alta densidad musulmana y problemas de radicalización (vinculados a ataques como los de París 2015). La integración varía: mientras algunos musulmanes participan en la vida cívica (hay senadores y parlamentarios musulmanes), otros enfrentan exclusión social y desempleo, lo que refuerza la percepción de comunidades cerradas.
La sharia. Grupos como Sharia4Belgium (disuelto en 2012 tras condenas por terrorismo) abogaron por su implementación, sin éxito significativo. En algunos barrios, se han reportado consejos informales o presiones sociales para seguir normas islámicas, pero esto es minoritario y no reemplaza la ley belga. Las autoridades han identificado organizaciones salafistas (alrededor de 100 en 2019).
Reino Unido
Con unos 4.1 millones de musulmanes (6.3% de la población según el censo de 2021), se agrupan en áreas urbanas como Tower Hamlets y Newham (Londres), Bradford, Birmingham y Manchester. Por ejemplo, en Tower Hamlets, los musulmanes son más del 30% de la población.
Algunos barrios mantienen una fuerte identidad cultural musulmana. No hay imposición legal de sharia en el Reino Unido. Sin embargo, existen “consejos de sharia” (Sharia Councils), que operan como mediadores voluntarios en disputas familiares (divorcios, herencias) para musulmanes que eligen someterse a ellos. Estos consejos no tienen estatus legal vinculante y coexisten con el sistema judicial británico. Encuestas (como una de ICM en 2006) han mostrado que un 40% de musulmanes apoyaría la sharia en áreas de mayoría musulmana, pero esto sigue siendo una opinión, no una realidad implementada.
Australia
Con unos 813,000 musulmanes (3.2% de la población según el censo de 2021), se concentran en Sídney (suburbios como Lakemba y Auburn) y Melbourne (Broadmeadows). Lakemba, por ejemplo, tiene una notable presencia musulmana (alrededor del 50% de sus residentes).
A veces un vídeo vale más que mil palabras.
El terrismo islamista en los países occidentales
Desde finales del siglo XX y principios del XXI, el terrorismo de inspiración yihadista, liderado por grupos como Al Qaeda y, más tarde, el Estado Islámico (ISIS), ha sido una de las principales amenazas. Ataques emblemáticos incluyen los del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos (casi 3,000 muertos), los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid (191 fallecidos), el 7 de julio de 2005 en Londres (52 víctimas) y los ataques del 13 de noviembre de 2015 en París (130 muertos). Estos actos, a menudo dirigidos contra civiles, buscaban generar miedo y desestabilizar sociedades democráticas, justificándose en una ideología antioccidental y religiosa extremista.
En Europa, países como Francia, Bélgica, Reino Unido y España han sido particularmente afectados, con incidentes que combinan ataques coordinados (como el de Bruselas en 2016, con 32 muertos) y acciones de “lobos solitarios” (les suelen llamar lobos solitarios o personas que sufren trastornos mentales) inspirados por propaganda en línea. En Estados Unidos, además del 11-S, eventos como el atentado de Boston en 2013 (3 muertos) destacan la persistencia de esta amenaza.
No hemos de olvidar que, ya en el año 1985, en España, cuando la población musulmana, ni de cerca se aceraba a las cifras que actualmente existe en los países occidentales, aquel 12 de abril de 1985, viernes, un artefacto explosivo destruyó el restaurante El Descanso, ubicado a la altura del kilómetro 14,200 de la N-II, muy concurrido por los militares estadounidenses de la base americana de Torrejón de Ardoz (Madrid), donde las últimas investigaciones apuntan a que fueron asesinadas 21 personas. Fueron dos las reivindicaciones: una a través de la prensa dos días después de la masacre, es decir, el 14 de abril, en nombre de la yihad islámica, y otra de un grupo palestino que en ese momento usó un nombre desconocido, pero que a la postre era una de las múltiples escisiones del Frente Popular para la Liberación de Palestina (OLP).
¿Qué pasa con los países orientales?
Estos países no prohíben explícitamente a los musulmanes, sino que se caracterizan por ser restrictivas en general hacia la inmigración, independientemente de la religión, pero…
China
China no tiene una política que prohíba específicamente la entrada de musulmanes, pero su sistema migratorio es extremadamente restrictivo para todos los extranjeros. La inmigración permanente es rara, y las visas se otorgan principalmente por motivos laborales, educativos o familiares, con un enfoque en la utilidad económica o política para el país.
China alberga una población musulmana significativa (unos 20-25 millones, principalmente uigures, hui y otras minorías étnicas), pero el gobierno mantiene un control estricto sobre las prácticas religiosas, especialmente en Xinjiang, donde se ha producido políticas represivas contra los uigures (detenciones masivas, vigilancia).
Japón
Japón tampoco tiene una política que “no admita directamente musulmanes”. Su enfoque migratorio es históricamente restrictivo, priorizando la homogeneidad cultural y limitando la inmigración a trabajadores temporales, estudiantes o personas con lazos familiares japoneses. Sin embargo, su baja tasa de aceptación de refugiados (en 2022, solo 202 de 12,554 solicitudes fueron aprobadas) afecta desproporcionadamente a personas de países musulmanes en conflicto (como Siria o Afganistán).
Corea del Sur
Corea del Sur sigue un patrón similar: no prohíbe directamente a musulmanes, pero sus políticas migratorias son selectivas y enfocadas en llenar necesidades laborales específicas o atraer a la diáspora coreana.
Los musulmanes, estimados en 150,000-200,000 (incluyendo conversos locales y migrantes), son una fracción pequeña, principalmente trabajadores de países como Pakistán, Bangladesh o Indonesia.
En 2018, la llegada de 500 refugiados yemeníes a Jeju generó protestas masivas y un rechazo islamofóbico notable, pero el gobierno no impuso una prohibición general contra musulmanes. La tasa de aceptación de refugiados es baja (en 2020, solo el 1% de las solicitudes fue aprobada), similar a Japón.
Conclusión
Cabría suponer que la población musulmana que ha emigrado de sus países de origen a Occidente lo hace tanto por motivos económicos como por una búsqueda de libertad. Sin embargo, nos encontramos con que un porcentaje no despreciable de inmigrantes ilegales, así como de descendientes de los primeros inmigrantes, no se ha integrado socialmente. Por el contrario, forman parte de la población criminal; de hecho, de esos grupos han surgido las células que han cometido atentados en Occidente en nombre de la yihad.
Como vemos, cuando llegan a un país occidental, por norma, no se integran entre la población local sino que se agrupan en barrios donde rigen sus costumbres, desplazando las costumbres y usos locales.
Así, la conclusión lógica es que no han venido para integrarse en la cultura occidental (no caigamos en la falsa idea del enriquecimiento cultural) sino a imponer sus costumbres. Eso no quiere decir que haya que expulsarles sino tomar las medidas adecuadas para que acepten y se integren en la cultura occidental, la cual es la que les ha acogido. Aquí es cuando viene cuando la extrema izquierda y la derecha comunista habla de xenofobia, sin embargo, cuando hablamos de reciprocidad en sus países de origen, no tienen argumentos.
